La primer historia que escribí

Hola de nuevo, bienvenidos de nuevo a este pequeño espacio en el que vez a vez, platicamos sobre literatura, historia, y anécdotas personales de todo tipo. Hoy quiero hablar de algo que ya les había comentado en la entrada pasada, y que me parece una anécdota interesante de cuando yo era niño. Hablo de la primer historia que escribí.

Estaba yo en segundo año de secundaria, estábamos cerca del final de curso en junio, y me encontraba en clase de español completamente aburrido. La profesora (quien solamente recuerdo que se llamaba Sarahí) hablaba sobre el fin de cursos, todo lo que habíamos visto sobre signos de puntuación, etimologías, y bla bla bla… En ese tiempo aquella materia me aburría bastante, ya les mencione que por mi poca responsabilidad se me catalogaba de vago, y pues aún hoy no culparía a ningún niño que estuviera en esa situación. Quiero decir, a esa edad no entiendes ni te interesan las normativas gramaticales (salvo que seas un fanático del estudio desde entonces), y menos si no entiendes la trascendencia que tiene para la supervivencia de tu lengua el que tu la conozcas y emplees correctamente. 

Se podrán imaginar el escenario, la maestra dando la letanía diaria sobre su materia y la importancia de esta POR SOBRE TODAS LAS DEMÁS, y como si no pones en practica los conocimientos vistos en clase no seras nadie en la vida. En ese momento estaba por caer dormido (como solía hacer), hasta que de pronto, la maestra hablo sobre el proyecto final que me trajo hasta este punto:

“Van a escribir un cuento, este cuento debe ser propio y con ideas ciento por ciento suyas, el cual vamos a recopilar en una antología del grupo, la vamos a leer, y al terminar el curso la dejaremos en la biblioteca de la escuela”.

Aún hoy no se porque, pero en cuanto escuche que íbamos a escribir una historia, y esta iba a ser leída por todos, me desperté y me puse atento como un águila. Ya conté antes que siempre había tenido la idea de escribir algo alguna vez, no sabia que, no sabia sobre que, pero en ese momento obtuve mi oportunidad y no la iba a perder.

Al llegar a casa, sufrí ese típico bloqueo de escritor, tenia tantas ganas de escribir algo pero ni idea de que demonios iba a contar. Pase al menos una hora pensando hasta que recurrí a mi afición, la historia, y me puse a investigar (superficialmente) sobre la primera guerra mundial. Saque algunos nombres, algunas fechas, los hice concordar con una cronología escueta y apresurada, y comencé a escribir. Entonces me di cuenta de un segundo problema, yo no sabia escribir, y no me refiero a que desconociera signos de puntuaciones y otras reglas gramaticales ¡Sino que no tenia idea como escribir un cuento y que este fuese interesante!

No saber como escribir y plasmar tu idea es un problema critico, aunque común para todo escritor novato, y es un error muy común no tomarlo encuentra cuando nos lanzamos de chapuzón a escribir nuestro primer texto. Es básicamente lo mismo que ocurre cuando debes escribir un ensayo que te encargaron de tarea, y sufres un bloqueo al no saber por donde empezar. Ahora imagina esto en un niño de unos trece años, literalmente matas todas sus esperanzas. Sin embargo, no me deje vencer, así que hice lo que en ese momento me pareció más lógico: Vi la repisa con libros de mis padres, los revise uno a uno, hasta que encontré uno con lo que me parecían eran cuentos (era un compilado de novelas de Reader’s Digest), elegí una pagina, la leí completa utilizando toda mi comprensión lectora, y tras unos minutos de asimilar las características del texto, comencé a escribir copiando el estilo de redacción de ese libro. Ahora, después de tantos años, es que me doy cuenta que mi estilo de narración semi-poético, puede que no sea propio, sino derivado de el de algún autor o autora que desconozco; pues nunca volví a recordar que libro, o que pagina, utilice para basarme.

Tras un par de horas de arduo esfuerzo, de mucho quemarme las neuronas pensando en una trama y una historia que concordara con la cronología que utilice; finalmente conseguí un pequeño cuento de ficción histórica, donde un francés intentaba encontrar un tesoro, que el emperador de Alemania quería para financiar la guerra, y muchas otras sartas de cosas que simplemente me suenan a una comedia disparatada; pero en ese momento me parecía la más épica historia jamas contada. Estaba tan orgulloso de mi trabajo, que ya me podía imaginar las felicitaciones que tendría y que mi trabajo sería el mejor.

Llega el tan ansiado día, y finalmente entregamos nuestros trabajos, la maestra esta leyendo la antología que armamos y nos va devolviendo copias de nuestros cuentos con la calificación. El tiempo pasaba, y yo estaba más y más ansioso por saber que opinaba de mi cuento, al que le dedique tanto amor y duro trabajo. Finalmente termina de revisar los trabajos. Todos tienen su calificación, excepto yo. Ingenuo pregunto “Profesora ¿Que hay de mi cuento?”, a lo que simplemente me responde “Daniel, ya mejor dime de donde sacaste ese cuento, es obvio que no lo hiciste tu”Inmediatamente entre en pánico ¿Como puede ser eso posible si lo escribí de mi puño y letra? “Yo escribí ese cuento, profesora” respondí “Todo lo hice yo”. La maestra se molesto, y me dijo que no era posible, que en mi cuento se utilizaban los guiones, guiones cortos y largos, y se utilizaban recursos líricos que no se iban a revisar sino hasta tercer año. Al prácticamente vivirme dormido todo el curso, obviamente yo no sabia eso, pero al intentar copiar el estilo de redacción de aquel libro, inconscientemente aprendí todas las reglas básicas de redacción que necesitaba para escribir básicamente una novela. Yo seguí defendiendo la autoría de aquel escrito, y obviamente mi maestra no me creyó, y mucho menos, cuando al preguntarme el significado de la palabra “Odisea” (que se empleaba en cierto punto), estuve tan nervioso que no supe que decir.

Finalmente, mi maestra acordó no reprobarme, pero dijo que no me calificaría hasta buscar por toda internet de donde supuestamente saque ese cuento. Yo estuve de acuerdo, casi la rete a hacerlo, seguro de que no encontraría nada. Al día siguiente, me devolvió mi cuento, y como mujer honesta que era, reconoció que no encontró nada igual, y que por tanto me merecía mi diez. No lo dijo entonces, pero tras leerme la antología completa, y esperando no sonar arrogante; sin dudas cumplí mi misión de escribir la mejor historia de todo el grupo (en serio, no es por ser arrogante, simplemente es cuestión de que para todos fue un trabajo aburrido más, escribieron cualquier tontería que les vino en gana con tal de terminar, la mayoría ni siquiera más de una cuartilla; mientras que su servidor, dio todo lo que su pequeña mente de trece años pudo entregar).

Hoy día me doy cuenta del enorme impacto que tuvo esta pequeña anécdota en mi vida, y de como tanto dicho proyecto, como mi profesora (de quien luego hablare), influyeron en gran medida en las decisiones que me hicieron inclinarme hacia la literatura y las letras. Sin dudas, una historia que recuerdo con mucho cariño, y que siempre quise compartir con los demás.

Imperator
Imperator

Abogado, escritor aficionado, administrador y fundador de Verum Lux.

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