Una muerte esperada

Pasaban de las dos con treinta de la tarde, aquel joven y arrogante abogado terminaba una audiencia más de ese día, agotado por haber enfrentado por muy poco aquellas tres que aquel día tuvo fijadas. Se encontraba molesto, pero no había forma de expresar queja alguna, después de todo, el mismo fue quien alardeo de ser capaz de aquello y más al momento en que sus compañeros cuestionaban su decisión de no aplazarlas. Cansado y malhumorado, pero orgulloso, como siempre, de su impecable labor como profesionista que era. Y es que, si algo se podía decir de aquel joven, además de ser incapaz de repasar críticamente sus acciones pasadas, era su enorme talento que le aseguraba una carrera cuando menos brillante.

Subió a la gran camioneta que sus jefes le habían procurado para que realizara todas aquellas diligencias que por su trabajo debía de realizar, y se dirigió sin demora de vuelta a su oficina. Tras un largo día como aquel, en lo único que pensaba era en tomar sus cosas, dejar los expedientes, y retirarse tan rápido como sus piernas le permitieran de aquel lugar. Solo podía pensar en el amargo beso del whisky escoses que acostumbraba beber. Tan absorto se encontraba en sus pensamientos, que ya ni recordaba la amenaza que días antes le hubiera injuriado uno de sus representados, a quien la justicia no le sonrió.

 “Buenas tardes, licenciado” decían todos al paso del abogado más joven de aquella institución de defensoría pública, y a lo que siempre respondía amablemente con una débil sonrisa y un gesto cordial. No podía hacer más. El agotamiento le estaba pasando factura, y ya ni el café tenía efecto alguno sobre el de tantos que ya había bebido en tan largas jornadas de estudio en la universidad. Al llegar a su despacho, cerró la puerta, colgó su saco, dejo su arma sobre su escritorio, abrió una ventana, y se dispuso a disfrutar de un cigarrillo antes de partir. Comenzó a organizar sus archivos y preparar su maletín para retirarse, mientras escuchaba algunos gritos en el piso de abajo.

          –Otro insatisfecho – Dijo para si mismo mientras apagaba la colilla de su cigarrillo en la cornisa

 Y es que aquella oficina tenia al menos una persona insatisfecha por cada cinco, justificándose en que ni con el mejor de los abogados se estaba exento de perder. La verdad era que efectivamente no siempre era posible hacer algo, pero era muchas veces causa de la arrogancia de aquellos abogados que a las personas esto les parecía una mera excusa más para darles la espalda. Primero el gobierno, después los grandes empresarios, y ahora aquellos letrados. Aquellas rencillas ya no eran algo que le importase al joven licenciado, no obstante, le trajo a la memoria aquella amenaza que un ex-policía le lanzara tras perder su juicio. Una amenaza llena de odio y de despreció. Una amenaza de muerte.

 La verdad es que a pesar de haberse mostrado frio, e incluso haber retado a aquel hombre de mediana edad a hacer realidad su amenaza, sus palabras llegaron a quitarle el sueño al joven abogado por varios días. Pero tras casi una semana, ya no eran más que un mero recuerdo amargo de su fracaso. “No había nada más que hacer, hice todo lo que hubo en mi” se repetía mientras fumaba inconscientemente su tercer cigarrillo. Su alarma de salida le devolvió a la realidad, haciéndolo tomar sus cosas de forma apresurada y salir con esa misma premura. Salió tan rápida e intempestivamente que no advirtió a su compañera quien intentaba llamar su atención de que no saliera del edificio, justo cuando ya estaba abriendo aquella pesada puerta.

Y entonces, al escuchar la voz tan aterrada de la recepcionista, sintió dentro de su ser el instinto de correr de algo, de un peligro inminente. Y es que no sabía porque ni qué, pero sintió dentro de sí una sensación indescriptible. Era como si un poder extrasensorial, una premonición, le advirtiera del terrible peligro que asechara a su izquierda. Por el rabillo del ojo alcanzo a ver, la misma playera color roja que hace ya días hubiera pronunciado su funesta profecía. No la vio, pero lo sabía, lo sentía en todo su ser, ese hombre cargaba un arma.

Con un veloz movimiento de su brazo izquierdo, tomo el hombre de aquel sujeto, advirtiendo con ello su cercanía, y sin perder un momento más de tiempo, lo utilizo como punto de apoyo para rodearle. Entonces se escuchó un disparo. No había tiempo de verificar si este acertó, era momento de actuar. Hubo gritos, la gente corría, los guardias se apresuraban al lugar, pero en aquel momento todo pareció estar en silencio. Su pesado maletín no era más que un estorbo ahora, impidiéndole ponerse tras de su atacante, por lo que tan solo se alejó un poco de este, mientras buscaba su arma dentro del saco. “¡Maldición!” dijo para sí mismo. El arma no estaba ahí. Seguro la había olvidado sobre el escritorio. Ya no daba tiempo para nada más, así que intento desesperadamente correr en dirección a su atacante, intentar derribarlo y correr.

Sintió el choque de todo su peso en su hombro contra aquel hombre, escucho un disparo más, y creyó haberle visto caer al suelo, lo había logrado. Sin embargo, escucho un tercer disparo, y entonces su cuerpo dejo de reaccionar, su vista comenzó nublarse, no sin antes permitirle ver en cámara lenta como se acercaba más y más al suelo. Antes de tan siquiera sentir el impacto con el suelo, todo se volvió oscuridad, todo se tornó de un negro absoluto y envolvente. No había luz, no había sonido, no había nada ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba ya muerto? No hubo respuestas, no sentía ya nada, nunca supo que paso. Aquella oscuridad le llevo a la locura.

Y ahí, en un gran charco de sangre, murió un sueño, murió la arrogancia, murió un hijo, murió un amigo, murió el joven licenciado, víctima de un verdugo cegado por la ira. Un disparo en el costado, un segundo que no alcanzo más que a rozarle, y un tercero fatal, justo en la nuca.

Imperator
Imperator

Abogado, escritor aficionado, administrador y fundador de Verum Lux.

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