Momentos de tensión

La vida de un policía esta llena de peligros, cada caso puede ser el último.

Lorenzo regresaba ya tarde por la noche a su despacho, había pasado un largo día en los tribunales, y más tarde en el Ministerio Público con su viejo amigo Alán, tratando de dejar lo más pulida posible la acusación que presentaría al día siguiente. Era un caso muy delicado el que tenía entre manos, y no por nada, tenía en sus manos a un peligroso grupo de secuestradores y asesinos a sangre fría. Aquel era un asunto bastante turbio, lo había contratado un rico empresario local para atrapar a los asesinos de su hijo, aun a pesar de las amenazas que estos hicieron para que no presentara ninguna denuncia. Pero el hombre estaba dispuesto a todo por encontrarles, y Lorenzo entendía bien el porqué de su ira, pues aún tras un cuantioso pago de un millón de pesos, estos no dudaron un segundo en matar vilmente a su rehén frente a su familia.

Habían pasado ya varios meses de duro trabajo, pero parecía rendir frutos, habían detenido él y sus camaradas a todos los involucrados en el brutal ataque, tres infelices que ahora enfrentarían hasta sesenta años por sus crímenes. Pero aquel no era el final de la historia, primero debía lograr probar al juez su culpabilidad, y aun antes de eso, debía sobrevivir a la venganza que el resto de la banda seguro buscaría contra él.

Era cerca de la una de la madrugada y Lorenzo viajaba en su leal Crown Victoria sobre la Avenida República, la principal vía de la ciudad, una avenida amplia y con cinco carriles para cada dirección. Él siempre tomaba aquel camino cuando tenía prisa, pues podía tomar la vía rápida que llevaba sobre un paso elevado y terminaba a diez minutos de su oficina. Escuchaba tranquilo las noticias de su programa nocturno favorito, mientras luchaba por no caer en brazos de Morfeo. Llevaba casi tres días sin dormir por aquel caso, y estaba tan agotado, que tardo en notar que una camioneta venía siguiéndole hacía ya un tiempo.

De un momento a otro sus sentidos se agudizaron, y un ligero golpe de adrenalina le golpeo, aquella enorme Suburban ni siquiera se esforzaba en despistar sus intenciones. La gran avenida estaba prácticamente vacía, y esta se mantenía peligrosamente cerca, a casi noventa kilómetros por hora. Lorenzo intento ver quien iba dentro de aquella camioneta, pero no era posible, tenía los vidrios polarizados y no llevaba placas. No había dudas. Estaba en grave peligro.

La sección del camino donde se encontraban en aquel momento era un paso a desnivel, rodeado por arbustos y árboles decorativos, con algunos puentes que conectaban los caminos sobre de ella, por lo que no había forma de perderlo. En el estéreo del auto afortunadamente incorporaron una función de “manos libres”, por lo que rápidamente conecto su teléfono y llamo a sus compañeros en el despacho. Necesitaba refuerzos.

–Soluciones jurídicas, buenas noches – respondió armando al otro lado de la línea

–Armando, soy yo, estoy en problemas y necesito apoyo ¿Jorge sigue cuidando a los Oropeza?

–Si, como tu pediste – contesto con un tono preocupado

–Cierra puertas y ventanas, apaga las luces, y toma el revolver de mi escritorio

–¿Qué está pasando? – le interrumpió Armando, bastante preocupado

–Quieren evitar la acusación – Lorenzo hablaba mientras vigilaba la camioneta tras el – ve al cuarto de seguridad en el sótano y ciérralo muy bien, después llama a Jorge y dile que este alerta, puede que haya un ataque, que comience nuestro plan de contingencia ¡Rápido y no pierdas tiempo!

Y sin dar oportunidad a su joven asistente de preguntar otra cosa, colgó la llamada y marco al teléfono de Alán, esperaba que estuviera tan preocupado como el por el caso y siguiera todavía en su oficina revisándolo. El teléfono sonaba, a cada segundo estaba más cerca de la salida del desnivel, donde los carriles se acortaban y se encontraban varias entradas a los pasos elevados. Si planeaban acorralarlo, sería ahí, así que debía actuar rápido. El teléfono seguía sonando, el tiempo se agotaba, pero finalmente contesto.

–¿Qué ocurre? – contesto algo irritado

–¿Sigues en la oficina? – sin titubear un segundo, pregunto

–Oh por dios… – hizo una pequeña pausa, creía saber que estaba pasando – ¿Van por ti?

La voz de Lorenzo, aunque no muy fuerte o agitada, denotaba esa presión y estrés que tan solo un compañero de armas podía entender. El estrés y el temor cuando se sabía que los siguientes minutos y segundos serían críticos durante un operativo.

Suburban blanca, es de modelo reciente pero no estoy seguro que año, con los vidrios tintados y sin placas. Estoy a unos quinientos metros de la entrada a los pasos elevados, en el cruce de República y Reforma, posible enfrentamiento.

Comenzó a escuchar a su amigo el fiscal llamar por radio, daba indicaciones y hablaba código al grupo de respuesta de la policía estatal para que se dirigieran inmediatamente al lugar. Sin embargo, estos no llegarían a tiempo. Lorenzo entonces pudo ver a la distancia sus peores miedos vueltos realidad. Las luces estaban tenues, pero estaba seguro de ver al menos dos pick-up blancas bloqueando la entrada al paso elevado.

–¡Llama a Ana! ¡Que la policía proteja a los testigos! – exclamo Lorenzo antes de colgar.

No quedaba tiempo, había llegado el momento de actuar. Justo paso el último retorno de aquella gran avenida, cuando pisó el acelerador a fondo. Su auto se disparó de los poco más de ochenta kilómetros por hora, a casi ciento veinte. Era hora de demostrar de lo que su motor V8 era capaz de lograr. Pudo observar como las camionetas frente a él comenzaron a moverse, un grupo de al menos diez personas con armas largas se arremolino como un enjambre de abejas asesinas, y entonces hizo su movimiento. Con un brusco giro del volante, y un ingenioso uso de su freno de mano, dio una presurosa vuelta en J, y apenas evadiendo por unos centímetros a la Suburban que le pisaba los talones aun a aquella velocidad, regreso por aquel retorno y se alejó a toda velocidad de la escena. Escucho los disparos tras de sí, cientos y cientos de disparos, y el sonido característico del furioso motor diésel de aquellas camionetas arrancar a toda velocidad.

Mientras Lorenzo conseguía escapar exitosamente, al mismo tiempo, otra situación se desarrollaba en el edificio del precinto de la Unidad Primera de Investigación. Justo después de que se cortara aquella llamada de auxilio, uno de los investigadores entro presuroso a la oficina del agente titular.

–¡Un convoy viene para acá! – grito alarmado el joven policía.

–Esto no puede ser… – respondió atónito.

Inmediatamente, Alán se levantó de su silla, no había tiempo que perder. Tomo su arma y un par de cargadores de su escritorio, y doblando sus mangas salió de su pequeño despacho.

–Busca la carpeta de investigación del asunto de los Oropeza y envía a unidades a proteger a los testigos – dijo rápidamente mientras se dirigía a la recepción

–¿Qué unidades? – pregunto el oficial

–¡Yo que sé! Municipales, estatales, federales ¡Lo que demonios quieras! ¡Pero hazlo ya!

–¿Y qué hacemos con…?

–¡Yo me encargo! – le interrumpió furioso – ¡Muévete!

El joven oficial corrió a su escritorio e inmediatamente tomo el teléfono para cumplir la orden, mientras Alán enviaba desesperadamente mensajes a sus oficiales de guardia para que se prepararan. Camino rápidamente a la recepción, e instruyo al escribiente para que llamara por radio pidiendo refuerzos. Oficialmente decreto una alerta por enfrentamiento. No había terminado aquel escribiente de dar el primer mensaje, cuando se escucharon fuera los primeros disparos. Apenas unos instantes después, el caos se apodero del lugar, con cristales y trozos de escombro que comenzaron a volar por el aire mientras las potentes balas de las ametralladoras Barret destrozaban las delgadas paredes de la recepción. Los policías que custodiaban el lugar se encontraban sobrepasados, apenas si podían contestar con sus rifles y pistolas de cargo, que, en comparación con la potencia de fuego de aquellos sicarios, era como luchar con una rama contra una espada.

El estoico fiscal logro recomponerse después de arrojarse al suelo, y cubriéndose tras el escritorio de la recepción, insto a todos los presentes a estar listos para contestar. El escribano yacía a su lado, herido en el hombro por un roce, pero vivo aún. La radio no paraba de sonar emitiendo los llamados desesperados del resto de oficiales, a los cuales aquella lluvia de plomo y fuego atrapo fuera, en los pasillos que separaban las oficinas de aquel precinto. Entonces, un grito lleno de horror resonó en la radio.

–¡Están entrando!

El pánico invadió a algunos, quienes gritaban aterrorizados al fondo, en la radio podían escuchar que eran al menos tres camionetas y unas diez a quince personas fuertemente armadas. Parecía que había llegado su hora, eran más que ellos, y fácilmente podrían atravesar las paredes como si de papel se tratare con semejante poder de fuego. No obstante, Alan no estaba dispuesto a entregarse presa del pánico y resultar presa fácil. Con una fuerza que sorprendió a propios y extraños, cubrió la entrada con el pesado escritorio de la recepción, y sin mostrar temor alguno, se levantó, desenfundo su arma, apunto y disparo tres rondas en dirección a sus atacantes. Ellos se encontraban en un primer piso, lo que les daba una ventaja que debían explotar.

–¡Muévanse bola de idiotas! – ordeno el fiscal mientras se colocaba a cubierto – ¡necesito dos tiradores más aquí! Formen más barricadas detrás ¡Vamos a resistir aquí, que no estoy dispuesto a entregarme vivo a estos mal nacidos!

Su rápida reacción, y su determinación, impacto a sus subordinados, pues, movidos ya sea por miedo o por inspiración; se colocaron en posición para rechazar el asalto de aquel comando que pretendía asesinarles.

Mientras tanto, Lorenzo se esforzaba por eludir a sus perseguidores, pues a pesar de llevar a su auto al límite, la necesidad de eludir los autos que aún a aquellas horas circulaban por la avenida había permitido que le alcanzaran. Mientras una le pisaba los talones justo tras él, la segunda se acercaba por un costado, conduciendo en sentido contrario. Ya estaban tan cerca, que pudo distinguir las ametralladoras de calibre cincuenta y un par de lanzacohetes RPG-7. Al verlos, los demás autos trataron de alejarse de su camino, dejando vía libre entre ellos y Lorenzo, aprovechando estos la oportunidad para disparar. Desesperado, Lorenzo zigzagueo para evitar los disparos con un éxito moderado, pues, aunque no habían logrado atravesar los vidrios, herirlo, o dañar sus neumáticos; algunos disparos sí que golpearon la carrocería del auto.

Al eludir los disparos, y debiendo disminuir la velocidad, no pudo evitar que la Suburban de hacía un rato se le adelantara, y comenzara a intentar cerrarle el paso por su izquierda, colocándose frente a el. Aquella situación era critica, Lorenzo tan solo tenía una pistola 9mm con él para defenderse, y era evidente que no llegaría ningún refuerzo a tiempo para salvarle. Entonces bajo su ventana, dispuesto a infringir tanto daño como fuera posible, cuando repentinamente freno la camioneta frente a él, en un esfuerzo por detenerle, y apenas si logro eludirle virando a la derecha. Lorenzo pudo escuchar los disparos de la Barret impactando aquella camioneta, incluso le escucho patinar levemente, y entonces vio su oportunidad. Disminuyo levemente la velocidad, para estar a la par con la Suburban, y apenas si pudiendo apuntar, disparo por la ventana a las llantas delanteras, haciéndolas estallar. Inmediatamente, la camioneta perdió el control, la pick-up tras ella ni siquiera tuvo oportunidad de reaccionar, todo ocurrió tan rápido que cuando chocaron ambas, terminaron por volcar.

Se había deshecho de dos obstáculos, pero quedaba uno más. Ni siquiera paso un minuto cuando noto que se encontraba en la mira del RPG-7. Instintivamente piso el freno con tal fuerza que pensó que terminaría por romperlo, y el cohete paso justo frente a el. Una fuerte explosión ilumino la noche, cuando el misil que se dirigía contra su coche impacto el muro de aquel paso a desnivel, haciendo temblar la tierra, y golpeándole con su onda expansiva. Temía haber quedado como un blanco fácil, pero la providencia parecía querer hacerle un favor. Seguramente el conductor de la camioneta era inexperto, o tal vez así le ordeno su jefe, pero al poco freno con igual fuerza, tratando de dar un giro bastante cerrado. Sin embargo, el enorme peso a causa de las armas y los hombres, y lo elevada que era esa Cheyenne, termino por volcarla salvajemente. Aquel fue un espectáculo dantesco, pues Lorenzo pudo observar a aquellos sicarios volar por los aires, y aquella camioneta pasándole a algunos por encima incluso. Era imposible que ninguno de ellos estuviera vivo después de eso. Pero no podía asegurarse, él estaba a salvo, más los demás aún corrían peligro. Aun así, se detuvo un segundo junto a la escena del desastre, estaba a punto de salir de una zona de conflicto para entrar en otra, y necesitaría algunas herramientas.

Mientras que Lorenzo se movía tan rápido como le era posible, una feroz batalla se libraba entre los asediados policías investigadores y el comando que les atacaba. Alán no sabía si llegarían a socorrerles, o sería otro de esos cruelmente asesinados servidores de la ley, que llaman la atención de los medios, pero jamás llega más allá de eso. Si aquel era el caso, estaba dispuesto a costarle caro a sus agresores. A todo pulmón daba órdenes a sus subordinados. “¡Trae el rifle del cuarto de evidencia!”, “¡Incautamos balas y revólveres esta mañana! ¡Úsenlas!”, “¡Disparen a matar!”. Aquella era una situación de combate más propia de una unidad militar que de un grupo de oficiales de la ley.

La oficina donde se encontraban bajo asedio se hallaba en la parte central del primer piso. Aquel era un edificio de diseño abierto, con la mayoría de oficinas pertenecientes a las diferentes dependencias conectadas por amplios pasillos a cielo abierto, y adornados con diferentes árboles, bancas y arbustos floreados. En un buen día, aquella parecía más una plaza que un centro de detenciones e investigaciones criminales. La puerta principal, que era un enorme ventanal, observaba directamente a la parte frontal del complejo, donde estaba el estacionamiento y las casetas de seguridad; había dos escaleras a los costados por donde se subía al siguiente nivel, estas terminaban en largos y anchos pasillos, pudiendo ver a través de los barandales a un monumento en forma de rotonda donde se encontraban la bandera del estado y de las diferentes corporaciones de seguridad ahí instaladas. Las banderas ardían en llamas tras ser golpeadas por las balas trazadoras que disparaban desde las torretas de las camionetas, y ante la resistencia de los oficiales en aquel lugar, los sicarios trataban de atrincherarse en las bancas, colocando barricadas.

–¡¿Dónde demonios están los refuerzos que pedí?! – preguntaba molesto Alán, mientras apuntaba un rifle AR-15 contra los asediadores

–¡No me responden! – se escuchó levemente el grito del escribano, aún aferrado al radio

Una fuerte explosión de una granada que cayó muy cerca, resonó, ensordeciendo brevemente a los presentes. Entonces, y para terror de todos, comenzó a escucharse a través de la radio, una serie de voces burlonas que vociferaban distintos insultos e injurias obscenas contra ellos. Alán palideció al darse cuenta de que ocurría. La oficina de la policía estatal, donde se encontraban algunos oficiales, y donde estaba la armería del lugar, había caído y posiblemente sus miembros habían muerto.

–¡Ya se los cargo a todos! – injuriaba una voz a través de la radio – Ya caminaron todos ¡Ustedes y sus familias!

Entonces una fuerte ráfaga de balas impacto la barricada donde estaban a cubierto los oficiales. Por más gruesa que era la madera de ese pesado escritorio, no era nada para los potentes disparos del calibre cincuenta con la que contaban aquellos despiadados adversarios. Partió por la mitad la barricada, y todos debieron lanzarse pecho tierra para no ser alcanzados por el fuego pesado. Alán logro recobrarse rápidamente, posicionar su rifle y acertar dos buenos disparos contra el malnacido que corría hacia la puerta, matándolo en el acto. La voz continuaba vociferando amenazante, resonaban las risas de los sicarios al fondo, y nuevamente dispararon la Barret contra los oficiales, barriendo la oficina con ella. Las balas atravesaron las paredes como mantequilla, y apenas si lograron rechazar otro asalto concentrando el fuego de sus pistolas en la puerta. Ya casi no tenían munición, el fin se veía tan cerca, algunos comenzaron a despedirse de sus compañeros dándose un último adiós. Pero Alán no estaba dispuesto a darse por vencido.

Rápidamente, al escuchar de nuevo pasos corriendo hacia ellos, cargo su última ronda de balas en su rifle, y de un salto se colocó de pie y comenzó a correr hacia la puerta. Sin salir de la oficina, y corriendo de lado, comenzó a disparar sin saber bien a que, obligando a sus atacantes a detenerse en seco, y ponerse a cubierto. Milagrosamente acertó en un par, hiriéndoles y derribándolos por unos momentos, antes de que estos tuvieran oportunidad a contestar. De nuevo, las camionetas dispararon una potente ronda que barrio el lugar, tratando de derribarle, sin embargo, estos terminaron dando fuego amigo a aquellos que intentaban volver a sus trincheras. Por el contrario, a aquel valiente fiscal ni siquiera le rozo ninguna bala, pues dejándose caer antes de terminar su carrera suicida, resbalo directo a una posición segura, quedando fuera del alcance de las balas. El escombro volaba junto a las balas en aquel espacio, el olor a pólvora era ya insoportable, y todos se encontraban al límite. Aquel era el último y desesperado esfuerzo de un hombre por sobrevivir.

Pero cuando el resto de sicarios se preparaba para un último asalto, se escuchó al fondo un auto detenerse intempestivamente. Tomados completamente por sorpresa, los hombres en las camionetas frente al edificio, apenas pudieron reaccionar, cuando de aquel Crown Victoria color negro, bajo Lorenzo. En sus manos llevaba un AK-47, cortesía de las víctimas de la anterior volcadura, y sin mediar palabras vacío su cargador contra los desdichados que manejaban las pesadas Barret. Como moscas, cayeron los tres operarios, y una vez deshecho de aquel primer obstáculo, cambio su cargador y abrió fuego contra los hombres en el primer piso. Estando totalmente descubiertos por su retaguardia, los sicarios pasaron de ser los atacantes a ser los asediados, estaban acorralados y no tenían donde esconderse ni como escapar. Esa era su oportunidad, la diosa fortuna les volvía a sonreír a aquellos policías.

–¡Avancen! – grito Alán a todo pulmón

Los cerca de 6 hombres que se encontraban con él, se lanzaron a toda prisa, armas en mano, contra aquellos que hacía unos instantes querían matarles. Con sus últimas balas, derribaron a algunos de ellos, mientras el resto se colocaba a cubierto. Algunos oficiales cambiaron sus ya agotadas armas cortas por los potentes rifles que dejaron tras de sí los sicarios victimas del fuego amigo. La moral de ese comando se derrumbó, y tan solo quedaban dispuestos los pocos hombres que estaban dentro de la oficina de la policía estatal, en la planta baja. A lo lejos comenzó a sonar el indistinguible sonido de un numeroso contingente de patrullas. Más valía tarde que nunca, los refuerzos habían llegado, no había nada más que hacer para aquellos hombres. En cuanto se detuvieron frente al edificio un sin número de patrullas de la Policía Federal y el ejército, comenzaron a rogar piedad a través de la radio, finalmente entregándose a cambio de salvar la vida. Habían demostrado que a la par de desalmados y cruentos, no eran más que un grupo de cobardes envalentonados por su ventaja. Muchos fueron detenidos con lágrimas en los ojos, rogando a los federales que no les dejaran con los estatales. Sabían la venganza que estos deseaban tomar. Sin embargo, el fiscal federal pretendía hacer de ello una gran noticia para mejorar la imagen de la corporación, todos y cada uno de ellos sería detenido siguiendo línea por línea el protocolo de actuación.

En cuanto el combate ceso, Lorenzo soltó el arma, y corrió inmediatamente al primer piso. Buscaba desesperadamente a su amigo, y al no verlo en cuanto se acercó, temía lo peor. Finalmente le encontró, tumbado en una esquina de la oficina destrozada por las balas, fumando un cigarrillo. Se veía en paz, y no era para menos, había sobrevivido una vez más a la muerte.

–Alán, maldito bastardo ¡Estas vivo! – dijo Lorenzo en cuanto le vio, regalando una sonrisa y una risa burlona

–Ya perdí la cuenta de cuantas veces han intentado matarme a lo largo de los años – respondió a su viejo amigo mientras reía

–Con lo terco que eres de seguir trabajando, la muerte lo tendrá muy difícil para llevarte – dijo mientras se sentaba a su lado

Lorenzo encendió un cigarrillo y ambos fumaron juntos un tabaco que les sabía a victoria, habían sobrevivido juntos una vez más a la naturaleza adversa de sus trabajos. La adrenalina que invadía sus cuerpos comenzaba a perder su efecto, sus cuerpos comenzaban a resentir el agotamiento, y aunque en el lugar no dejaban de escucharse los sonidos del ajetreo que sigue a un crimen, con las patrullas y policías revisando el lugar. Ambos se encontraban en una paz absoluta. Sin dudas, habían eliminado prácticamente la totalidad de aquel grupo a los que no habían podido atrapar con su investigación inicial. Su trabajo duro rindió frutos, y por el momento, podían descansar.

A la mañana siguiente, la noticia corrió en todos los medios. Periódicos, noticieros, la radio, internet; todos daban la impactante noticia de los enfrentamientos a lo largo de la ciudad.

–Una noche de terror se vivió anoche en nuestra ciudad, cuando diferentes enfrentamientos se llevaron a cabo entre fuerzas del orden y comandos armados de un grupo criminal – contaba José León Díaz, el más famoso conductor de noticias de la ciudad – Se registraron fuertes enfrentamientos a lo largo de la Avenida República que finalmente desembocaron en el edificio Gral. Ignacio Zaragoza, en el número dos mil del bulevar Revolución, lugar donde tienen una de sus bases la policía estatal y dependencias varias de la Fiscalía General del Estado. Al lugar arribaron elementos del Ejército Mexicano y de la Policía Federal, quienes auxiliaron a las fuerzas estatales, logrando la detención de varios elementos del crimen organizado, incautando vehículos y armamento de uso exclusivo del ejército. La ciudad agradece la pronta intervención del fiscal federal asignado a la delegación local, el Licenciado Manuel Gálvez, cuya campaña de mano dura logro desmantelar una red de secuestradores, y rechazar esta agresión desactivándoles definitivamente.

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