Fugitivos de la jaula de oro

El sol brillaba sobre la ciudad en el cielo azul adornado por una gran multitud de nubes que le cubrían brevemente al astro rey por instantes. Lorenzo se encontraba en su Crown Victoria[1] color negro, se hallaba frente a la casa de un cliente realizando una vigilancia. Más temprano aquel día, recibió una llamada suya solicitando sus servicios para vigilar a su hija, quien sospechaba, seguía viendo a su novio a pesar de la prohibición impuesta. Al ser un hombre de cierta posición económica, solía contratar recurrentemente los servicios legales y de investigación que Lorenzo ofrecía, ya sea para investigar cuestiones relevantes a sus diferentes negocios; e incluso para investigar a su ahora ex esposa y poder divorciarse por engañarlo.

Ya estaba bastante acostumbrado a tener que vigilar personas y lugares para aquel hombre, sin embargo, esta era una petición un tanto extraña. Incluso a el le parecía algo exagerado contratar a un investigador privado solo para vigilar a su hija. “¿No podría haber conseguido una niñera o algo así?”, se preguntaba así mismo una y otra vez mientras vigilaba. Llevaba ya varias horas sin ver ningún movimiento, incluso creía que haber ido en lugar de poner a su asistente a revisar sus mensajes y redes sociales fue un error de su parte. Estaba a punto de partir cuando vio pasar un viejo Mustang[2] de los 80’s detenerse unos 10 metros frente a él. Aquella era una zona residencial bastante opulenta, y era muy extraño ver un auto que no pareciera valer más que su propia casa pasar por ahí. Disimuladamente tomo una fotografía con su celular y tomo algunas notas. Estaba mal pintado y tenía varios golpes, seguramente su dueño era joven o muy descuidado, pero fue el hecho de que repentinamente vio salir a la chica que vigilaba de su hogar lo que termino por confirmarlo.

Estaba vestida con unos pantalones de mezclilla ajustados y un top, revelando con ello su figura esbelta, y sin dudas, rompiendo todas las reglas que su padre tenía en casa. Ella entro a su auto rápidamente, y este acelero inmediatamente. Aun así, en su mente seguía sin darle mucha importancia, aunque aquella chica tenía apenas dieciséis años, su novio tan solo le rebasaba por tres años[3].

–Estos muchachos y sus hormonas alborotadas – se decía a si mismo mientras les seguía – Seguro terminare en alguna sala de cine, viendo alguna clase de comedia tonta mientras se ponen románticos.

Conocía a aquella chica por lo cerca que trabajaba con su padre, por lo que en su mente no cabía más que la idea de que seguramente estaba viviendo un romance adolecente como cualquier otra. Sus objetivos se encontraban tan distraídos en su amor que parecía que no distinguían su auto, inclusive les probo acercándose al grado de estar justo por detrás de ellos en varias ocasiones. En el cine, el centro comercial, en el café; les siguió sin siquiera tener que esforzarse demasiado en ocultarse. Los dos tortolos estaban demasiado ocupados hablándose bonito que no notaban que incluso estaciono su auto junto al de ambos.

Estaba aún en el café, leyendo algunas noticias en internet mientras les escuchaba hablar de típicas preocupaciones adolecentes, cuando noto la hora. Eran cerca de las nueve de la noche, y el sol ya se había ocultado en el horizonte hacía una hora. Aquella tonta cita de enamorados le había robado un día completo de trabajo. Se llevó las manos a la cara, y en su mente comenzó a contabilizar una buena suma para cobrar que hiciera valer la penas tanto tiempo perdido.

–Anda, vamos a la fiesta en casa de mi primo – dijo el chico – Tu papá suele llegar bastante tarde, volveremos antes que él.

–No lo sé, David… – respondió la chica – ¿Y si llega temprano?

–Más vale pedir perdón que pedir permiso ¡Será divertido!

Lorenzo no quito las manos de su cara, sin embargo, estaba intrigado. Temía tener que intervenir y hacer volver a la chica el mismo antes de que su padre volviera y lo obligara a hacerlo.

–Está bien, supongo que podemos ir a saludar – concluyo la chica.

Una vez dicho eso, ambos pagaron la cuenta y salieron en dirección a su auto. No dieron ninguna pista de qué clase de fiesta era, o exactamente donde estaba, temía fuera en un lugar donde pudiera ser descubierto. No llevaba un cambio de ropa con el que poder camuflarse, llevaba un pantalón de mezclilla negro, botines color café oscuro, una camisa y un saco. Si bien, era común ver personas vestidas igual por la mañana, no era muy común fuera de los clubes por la noche. Tenía que pensar en un plan. Tomo su celular, y llamo a su oficina. Si las cosas iban bien, Armando seguiría allí.

–Soluciones jurídicas, buenas noches ¿En qué podemos servirle? – respondió al otro lado de la línea una voz bastante monótona

–¿Aún no te vas, Armando? – respondió Lorenzo

–Estaba comenzando a apagar todo ¿Por qué?

–Toma el auto extra que tenemos, y ven conmigo. Usa el GPS de mi auto para saber dónde estoy

–¿E-es en serio? – pregunto visiblemente emocionado

–Sí, pero apresúrate, y no vayas a tomar ningún arma

–Voy en camino, no te decepcionaré.

Armando era el joven asistente de Lorenzo. Llevaba ya un par de años trabajando con él desde que lo conoció al investigar un caso. Era un brillante estudiante de informática, un especialista en seguridad informática en el cual veía un gran potencial, sobre todo después de que le ayudara a resolver varios problemas. Desde entonces, se muestra enormemente entusiasmado en participar de las investigaciones que Lorenzo realiza, y aunque preferiría no involucrarlo demasiado por ser más de diez años menor que el; se encontraba en una situación en la que no podía acudir a nadie más para auxiliarle, y no creía que fuera a ser peligroso.

Siguió aquel viejo Mustang por unos veinte minutos, se dirigieron a un vecindario en los suburbios, en una zona bastante acomodada de la ciudad, con varias casas de gran tamaño que denotaban ser de clase alta. Lorenzo comenzaba a ponerse nervioso, recordaba aquellas casas de sus años como Ministerio Público, algunas eran propiedad de conocidos criminales de cuello blanco y algunos capos. Comenzaba a temer que llamar a Armando hubiera sido mala idea, pues ni siquiera cargaba con el su arma, tan solo tenía un pequeño revolver en la guantera del auto, que inmediatamente tomo y coloco en su cintura.

El auto finalmente se detuvo en una casa que, afortunadamente, Lorenzo no reconocía como un sitio preocupante, más aún así no bajaba la guardia. Paso de largo un par de casas y dio una vuelta a la cuadra para despistar, y estaciono frente al lugar de la fiesta, bajo un gran árbol que le cubría de las luminarias, tras verificar que en aquel lugar no hubiera vigilancia de algún tipo que le hiciera pensar que era peligroso. Salió del auto, se colocó junto a la puerta del copiloto y encendió un cigarrillo. Observo con detenimiento el lugar, buscaba una forma de entrar sin ser descubierto. Aquella era a todas luces una fiesta de jóvenes, y un hombre como el resaltaría enormemente si intentaba entrar de la nada. Podía ver como ocasionalmente llegaba algún auto a descargar lo que parecían ser cajas de cerveza.

Mientras consumía su segundo cigarrillo, al cabo de unos quince minutos, el auto de Armando, un viejo Toyota Corola[4], estaciono detrás de su auto. Antes de que apagara el auto, Lorenzo subió al asiento del copiloto.

–Llegaste rápido – dijo Lorenzo sin dejar de mirar a la casa

–Me dijiste que era muy urgente – respondió su joven asistente algo confundido

–Conduce unas seis cuadras adelante, hay una tienda de auto servicio por ahí

–¿Están ahí?

–No, pero no puedo entrar yo como si nada a ese lugar, así que compraremos algo de alcohol para despistar.

Armando era un joven que destacaba por ser de piel clara, cabello castaño, y con una condición física envidiable. Si bien suele destacar comúnmente por las calles, ya que cualquiera juraría que no es mexicano, sino un norteamericano; en aquella situación era una apariencia perfecta para no destacar. En aquella fiesta de jóvenes de clase alta, Armando era como cualquiera de ellos. Por ello Lorenzo planeaba usarle para infiltrarse dentro, y mientras compraban un par de paquetes de cerveza y una botella pequeña de whisky para el mismo, le explico detenidamente su plan. Ambos pretenderían llevar alcohol en una hielera que suelen tener en el Corola, y mientras el joven asistente se ponía aprueba buscando a la chica, el segundo se mantendría listo para reaccionar pretendiendo servir bebidas o algo por el estilo.

Acordado el plan, volvieron a la fiesta, justo cuando una pick-up salía de la casa. El momento perfecto. A su salida, estacionaron el auto frente a una puerta en el lateral de la casa, donde se encontrara anteriormente la camioneta; bajaron del auto, tomaron la hielera, y se acercaron a la puerta. Sin embargo, de aquella puerta salió un confundido joven, que parecía encontrarse ya con algunas copas en su sistema.

–¿Y ustedes quienes son? – pregunto, de manera torpe debido al alcohol

–Trajimos algunas cervezas más – respondió Armando en un tono despreocupado, señalando la hielera – nos dijeron que podíamos meterla por aquí.

El joven pareció dudar un segundo, pero tan pronto como pudo enfocar su vista en la hielera, mostro una sonrisa en señal de confianza.

–¡A ustedes les llamo Max hace rato! – abrió la puerta el joven para permitirles entrar – Déjenla en la cocina.

“Aquello fue sencillo” pensó Armando. La sonrisa y su actitud alegre y jovial no eran fruto de sus grandes dotes como actor, era más bien la emoción de estar participando realmente de una de las pesquisas de quien consideraba su mentor. Lorenzo, por su parte, se encontraba algo más tenso; como un gato que se encuentra listo para saltar en cualquier momento, mientras muestra una actitud relajada. Ambos entraron a la enorme cocina de aquella casa, en donde se encontraban varios jóvenes llevando y trayendo botellas, platillos, o simplemente conversando entre ellos. Sin dudas pasaban un buen rato, por lo que poco notaron la presencia de los dos extraños, que tras dejar la hielera junto al resto de cajas y cartones, pasaron al lugar de la fiesta sin ninguna oposición. Allí, en la fiesta, ambos se sorprendieron. Era como un antro, con luces en el techo, y un Dj en el centro tocando. Siendo una gran y enorme casa de tres plantas, todos esos jóvenes, que Lorenzo calculo en alrededor de cien, tenían más que suficiente espacio donde divertirse. No por ello, aquella casa era más considerada una mansión.

Sin tiempo que perder, el investigador tomo la pequeña botella de whisky que había guardado en el bolsillo interior de su saco, la abrió y bebió un sorbo, y una vez sofocada su sed por un trago continuo con su operación.

–Ponte tu manos libres – dijo a su pupilo – llámame en cuanto la encuentres, y me acercare, te enviare una foto por mensaje para que puedas distinguirla

–Entendido – respondió emocionado.

Ambos se separaron. Armando tomo una lata de una mesa, y camino entre las personas de la fiesta, tratando de no verse muy sospechoso mientras observaba a las personas. En su mente era como James Bond en esas fiestas elegantes, buscando a su objetivo con un Martini en mano, aunque en la realidad parecía más un tímido invitado más, mirando a todos sin decidirse a hablar con nadie. Por su parte, Lorenzo encontró un punto de observación perfecto en uno de los banquillos junto al mini bar de la sala de estar, donde se sentó a disfrutar su bebida mientras vigilaba. Frente a él, a unos metros, había una mesa poco iluminada rodeada por sofás y sillas. En estas había un grupo de jóvenes charlando, todos reían y bebían copiosamente, salvo una chica a la que no podía ver bien. Las luces ultravioleta, y la poca iluminación, le impedían distinguir claramente el peinado o las prendas de aquel grupo. Sin embargo, algo que pudo distinguir sin problema, fue el brillante resplandor de un encendedor. Parecían estar utilizando una de esas populares pipas de cristal para fumar cannabis.

Mientras observaba, pasada una media hora, su teléfono comenzó a vibrar. Esperando que fuera la confirmación de su compañero, respondió su manos libres sin decir nada.

–¿Hola? ¿Me escuchas? – pregunto al otro lado de la línea Armando

Lorenzo se quedó en silencio mientras sacaba su teléfono celular para responder a la llamada por mensaje de texto. “Fuerte y claro”, le respondió.

–¡Ah! Ya veo – dijo Armando al ver su teléfono – Oye, la chica de la foto que me mandaste, esta con unos chicos en una mesa frente a un mini bar. No puedo ver muy bien, pero se ve incomoda.

“¿Qué hacen?” pregunto por medio de mensajes.

–Creo que están fumando, parece que están soltando humo.

“Acércate, y asegúrate de que es ella”, le indico Lorenzo. Necesitaba que fuera sus ojos en aquel momento, ya que no podía acercarse y asegurarse por si mismo todavía. Estaba intercambiando mensajes al mismo tiempo con algunas personas para tener un as bajo la manga en caso de que todo saliera mal. Planeaba arruinar la fiesta con una visita de la policía local, con un reporte de una fiesta con alcohol no autorizada y con menores en el interior.

Mientras su jefe se mantenía expectante, aquel novato comenzó a acercarse disimuladamente a la mesa, intentando no resultar sospechoso por el hecho de mirar fijamente a aquella chica. Pero mientras más se acercaba, su preocupación por la imagen que daba comenzaba a ser superada por una genuina preocupación por la chica que observaba. Se le podía ver bastante incomoda, intentando ignorar la pipa y líneas de polvo blanco que se encontraban en la mesa. El grupo en el que se encontraba disfrutaba de una botella de tequila y distintas drogas mientras hablaban y reían sin parar. Estaban tan fuera de si, que ninguno noto que Armando paso detrás de ellos, dándoles la espalda, escuchando en detalle lo que hablaban.

–¡Eh! ¡David! – uno de los jóvenes llamo al novio de la chica, mostrándole una pequeña bolsa con pastillas – lo olvidaba, conseguí la que me pediste

–¡Esto era lo que estaba esperando! – respondió con emoción al mismo tiempo que tomaba las pastillas – Mira Dalia, son justo las que te hablaba el otro día.

–¿Si? – pregunto, nerviosa de la respuesta

–Si con la hierba que suelo traer pasamos noches tan buenas, con esto será como ir al cielo – dijo a la nerviosa chica mientras la rodeaba con el brazo, acercándola a el – ¿Qué tal si vamos a un cuarto y la probamos?

–No creo que podamos…

–Sin prisa, están vacías – respondió el joven que diera las pastillas a David

–¡Ves! Max no tiene problema

–No, David, se está haciendo tarde… – dijo Dalia, intentando separarse

–Anda, no te pongas así – insistió su novio, sosteniéndola con fuerza mientras besaba su cuello

–David, no… yo no… – intentaba oponerse

–Tu sabes que quieres

Fue tras escuchar eso, que Armando no pudo quedarse escuchando sin más. Tal vez era por la adrenalina del momento, o movido por algún tipo de sentido del deber, pero algo dentro de él le decía que debía hacer algo. Sin pensar mucho en ello, olvidando por un momento inclusive a que su jefe se encontraba a unos metros, se acercó por detrás al sofá donde se encontraba la chica, y tomando al novio del hombro les interrumpió diciendo:

–Ella dijo que no

–¿Tú quién eres? – pregunto confundido aquel joven

–Te dijo que no – continuo, mientras que tomándolo fuerte por la camisa, lo levanto del sofá y le arrojó al suelo – ¿Qué parte no entiendes?

Todos se levantaron al ver tan sorpresivo empujón, eran unos tres chicos y dos jovencitas además de la pareja en cuestión, observando confundidos lo que acababa de ocurrir. Inmediatamente, ayudaron a su compañero caído a ponerse de pie, mientras este, intentando recomponerse; rechazo la ayuda de sus amigos.

–¡¿Pero tu quien te crees?! – pregunto furioso una vez pudo ponerse en pie

Lorenzo escucho el ajetreo a través del manos libres, e inmediatamente se levanto y vio lo que estaba pasando. Se llevó sus manos a la cabeza en cuanto pudo dilucidar que Armando se dejó llevar por sus emociones, actuando impulsivamente sin siquiera consultarle. Mientras tanto, Dalia, la chica que debían de vigilar se encontraba sorprendida en una esquina del sofá, preocupada de lo que su novio pudiera llegar a hacer en su estado. Y no era para menos, era común que reaccionara de forma agresiva cuando se encontraba bajo los efectos del alcohol o de las drogas.

Armando estaba de pie, firme, mirando fijamente al otro sujeto directo a los ojos. Por su parte, aquel joven se acercó a él con claras intenciones de atacarle.

–¡¿Tu quién demonios eres?! – seguía preguntando, molesto

Armando seguía callado, parecía que la emoción del momento terminaba, y los nervios se acumulaban. Aun así, mantuvo una mirada estoica, y no retrocedió un solo paso.

–¡Lárgate, imbécil! – grito el chico, mientras empujaba a su rival por los hombros para hacerlo retroceder.

Sin embargo, no consiguió hacerlo retroceder ni un centímetro. Lorenzo estaba impresionado por la determinación que mostraba, pero aun así terriblemente preocupado. Al no poderle derribar, el novio entro en cólera, e intento atacar nuevamente con un fuerte puñetazo. Girando su cadera, y extendiendo su brazo hacía atrás, trato de lanzar con todas sus fuerzas un golpe directo al rostro; pero fue tan obvia su intención, que Armando fue capaz de reaccionar a tiempo, golpeando con todas fuerzas a su oponente, justo en el rostro, con un derechazo propio de un boxeador profesional, derribándolo en el instante. Al ver esto, el resto se abalanzó sobre él, obligándolo a retroceder unos pasos para reposicionarse después del golpe. Lorenzo pudo ver como uno de ellos tomaba de un bolsillo un arma, posiblemente una navaja, mientras se lanzaba al ataque. Rápidamente tomo la botella de whisky que cargaba, por el cuello, y con fuerza la lanzo con miras a desarmar a aquel granuja, golpeándole en el hombro y parándolo en seco. Inmediatamente corrió para unirse a la contienda, y con una fuerte patada, empujo al aún adolorido muchacho, quien tropezó con su amigo caído para finalmente terminar en el suelo, soltando su navaja.

–¡Sepárense! – ordeno Lorenzo a quienes continuaban peleando con Armando, tomándolos por el cuello de la camisa, y haciéndoles caer.

No obstante, este parecía poder mantenerlos a raya sin mayor problema. Armando tenía un par de raspones, pero por lo demás estaba bien, cosa distinta de aquellos que lo atacaron, pues alcanzo a propinarles sendos golpes que terminaron con un ojo morado y una nariz rota. En cuanto vio este a su jefe, obviamente molesto por su insensatez, quedo paralizado sin saber exactamente que hacer o que decir.

–S-señor, yo… – tartamudeaba torpemente

–Llévate a la niña de aquí, y que me espere en el auto – dijo refiriéndose a Dalia – hablaremos después.

Armando obedeció, y llevo consigo a la chica, quien, aún confundida, siguió sin chistar al joven hacia el exterior. Lorenzo entonces fue sorprendido con un aplauso y ovaciones de los chicos de la fiesta, quienes vitoreaban a los ganadores de aquel encuentro que no pasó desapercibido por los demás invitados, cuanto más porque el organizador de la fiesta estuvo entre los participantes. El chico de la navaja, y quien dio aquellas pastillas a David. A este último, lo levanto del suelo donde se encontraba, y le arrastro con el fuera de la fiesta, mientras recibía de aquel público alabanzas por su rápida reacción. Ya fuera de la casa, en un área oscura y fuera de la visión de las ventanas del lugar de la fiesta, el joven recupero el sentido encontrándose tumbado sobre el césped fresco y húmedo por el rocío de madrugada.

–¿Qué paso? – pregunto mientras torpemente se levantaba

–Yo te diré que paso, amiguito – le respondió Lorenzo, levantándolo por la fuerza y pegándolo contra la pared – estas en cerios problemas ahora mismo

–¿Y tú quién eres?

–¡Silencio! – le ordeno tajantemente, al mismo tiempo que le abofeteaba y apuntaba con su revolver – ahora escúchame, y escúchame muy bien.

Aquel joven quedo petrificado, se podía ver el miedo en su rostro al ver que le apuntaban con un arma.

–¡Y-yo no hice nada! Yo solo… – dijo, siendo interrumpido por otro bofetón de su captor

–Escúchame bien, vas a regresar ahí adentro, tomaras toda tu droga, y te quedaras sentado y esperando pacientemente a que los policías pasen a recogerla

–Yo no… – volvió a ser interrumpido con un bofetón más

–Y cuando te pregunte por lo que paso, dirás la verdad, que solo estabas ahí ofreciendo drogas, y nada más ¿escuchaste?

–¿Por qué? – pregunto temeroso

–Porque si no haces lo que te digo – respondió pegando el cañón directo en su frente – les diré que estabas ofreciéndole drogas a una menor, intentaste violarla, y que andas por ahí traficando esa porquería…

Hizo una pequeña pausa en ese momento, tomo un buen respiro, y en un tono tan serio que haría temblar al más fuerte, dijo.

–Y si ellos no te encuentran, yo te encontrare – se acercó más a él, hablándole al oído – tu no quieres que yo te encuentre de nuevo ¿Capisci?[5]

El joven comenzó a sollozar al escucharle, asintiendo rápidamente con la cabeza. Lorenzo, una vez logrado su cometido, le dejo ir de vuelta la fiesta, guardando su revólver y alejándose en dirección a su auto. Al terminar, envió un último mensaje por teléfono. La policía estaría ahí en unos pocos minutos más. Ya en donde estaciono su auto, le esperaban Armando y Dalia, esta última obviamente molesta al darse cuenta que la habían estado siguiendo y porque la estaban siguiendo.

–Dalia, sube al auto – indico Lorenzo después de un breve suspiro

–No voy a subir – le respondió, refunfuñando

–Ahora

Fue tal la firmeza de su orden, que aún molesta, aquella chica no tuvo más remedio que finalmente subir al auto, azotando con fuerza la puerta detrás de ella.

–Oye, yo… lo siento mucho – dijo Armando, intentando disculparse por haber perdido los estribos

–Tienes mucho que aprender todavía, tuviste mucha suerte hoy – le respondió mientras sacaba sus llaves y abría la puerta – pero hiciste un buen trabajo, ve a casa y descansa, nos vemos en la mañana.

El rostro de su joven aprendiz se ilumino de repente. Estaba eufórico tras escuchar aquellas palabras, aunque intentaba mantenerse calmo, era tanta su emoción que lo dejaba ver fácilmente. Con júbilo se despidió de él, y se dirigió a su auto para irse antes de que algo más ocurriera. Lorenzo hizo lo mismo, subió al auto y arranco para alejarse de aquel lugar, en donde al poco tiempo arribaron varias patrullas de la Policía Municipal e inspectores para cancelar aquella fiesta. Hacía unos momentos les había informado a unos contactos sobre aquella fiesta, sabiendo bien que no dejarían la oportunidad de una gran nota para presumir la “mano dura” de la alcaldía para limpiar la ciudad.

Mientras que aquella fiesta recibía a sus indeseados invitados, ahora a él le tocaba llevar a aquella chica a casa, esperando llegar antes que su cliente, quien seguro estaría furioso en cuanto llegara y no encontrara a su pequeña. El silencio dentro del auto era terriblemente incomodo, y el sonido de fondo de la radio tan solo acrecentaba lo tenso de aquel ambiente. La chica estaba molesta, como era de esperarse, después de todo ¿Qué padre contrata a un investigador privado para seguir y meterse en la vida privada de su hija? Algo tenía que decir, no podía quedarse callado.

–¿Hace cuánto sales con este chico, Dalia?

–¿Por qué preguntas? – respondió molesta, sin siquiera voltear a verlo – seguramente ya lo sabes

–Oh por favor, eso no es verdad – tenía una vaga idea según lo que su padre le comento, pero no estaba seguro – pero es preocupante lo que paso

–No pasó nada – dijo Dalia, intentando dar punto final a la conversación

–No, no pasó nada, pero porque Armando lo evito.

La chica miraba a la ventana, melancólica, meditabunda. Lorenzo no podía ver su rostro, pero estaba seguro de que contenía lágrimas.

–No fue nada…

–¿Hace cuánto tiempo que te ofrece drogas cuando están a solas? – su tono de voz era serio

–Tan solo probamos cosas nuevas juntos… – continúo tratando de excusar a su novio – no es algo malo, todo el mundo lo hace

–No todo el mundo tiene casi veinte años e intenta aprovecharse de una jovencita drogándola para hacer su voluntad.

Una lágrima se derramo por la mejilla de la chica, pero esta se esforzaba por mantener la compostura.

–El me ama – dijo con la voz a punto de romperse

–Quien te ama no te obliga a hacer algo que no quieres, o te ofrece drogas – dijo volteando brevemente a verla – quien te ama no busca solo sexo

Finalmente, la chica se rompió, comenzó a llorar desconsolada, con las manos en el rostro, intentando contener las lágrimas.

–Él dijo que me amaba – su voz estaba rota y ahogada en llanto – desde hace años que mis padres comenzaron a tener problemas, cada vez me controlaban más y más y más. Mi madre quería llevarme lejos, pero yo tenía aquí a mis amigos y no quería irme a otra ciudad, pero todos los días intentaba convencerme e iba a mi escuela aún después de que le dije al juez que quería estar en casa de mi papá. Entonces comenzó a volverse paranoico, no me dejaba salir, ni ver a mis amigos, nos cambiamos de casa y me cambio de escuela ¡Todos querían controlar todo lo que hacía y a nadie le importaba lo que yo quería! ¡Me trataban como si fuera una niña! No tenía voz, ni opinión…

Hizo una pequeña pausa, se limpió las lágrimas, y aclaro su voz.

–Pero entonces llego David – dijo con una pequeña sonrisa en el rostro – lo conocí un día que logré escapar de casa para verme con unas amigas en una fiesta, y me lo presentaron como un chico genial que tocaba la guitarra y era todo un artista. Comenzamos a vernos sin que papá se enterara, y el me escribía canciones, me daba hermosos regalos y decía que yo era su princesa. El me trataba como una adulta, cuando nadie más lo hacía. Un día mi padre se enteró cuando deje mi cuenta de Facebook abierta en la computadora, leyó los mensajes, y me prohibió que volviera a hablar con él o verlo nunca más. Se volvió aún más controlador, con el internet, lo que hacía, la escuela, me llevaba y recogía en un horario muy estricto en todos lados. Decía que no necesitaba nada de fuera porque en casa lo tenía todo…

Hizo una pausa, parecía avergonzada de lo que estaba a punto de decir. Lorenzo empezaba a entender más a aquella chica, estaba tan desesperada por escapar de aquella jaula de oro, que resulto presa fácil de un depredador como lo era su novio.

–Comencé a escapar más seguido de casa, David comenzó a llevarme a fiestas y lugares geniales, gracias a una credencial falsa que me consiguió. Pero entonces, comenzó a convencerme de hacer otras cosas…

–¿Qué cosas? – pregunto Lorenzo

–Primero fue probar diferentes bebidas, yo estaba entusiasmada como cualquier otra chica de mi edad por probar el alcohol, cada vez en mayor cantidad. Fue así como consiguió convencerme de hacerlo por primera vez, estando borracha. Empezó a hacerlo seguido. Él decía que me amaba, y que así le mostraba que yo también a él. Después fue hierba, y ahora quería probar éxtasis. Yo no quería, pero el a veces es muy insistente.

Dalia estaba comenzando a llorar nuevamente, cuando sintió una leve caricia, una mano en su hombro que intentaba reconfortarla. Entonces volteo a verle, Lorenzo talvez no lo entendía del todo, sin embargo, no estaba juzgándola. Por un segundo sintió ser escuchada de verdad, por lo que no pudo aguantar más y rompió en llanto nuevamente.

–Está bien, está bien, todo estará bien – dijo mientras mantenía su mano en el hombro de Dalia, como un padre que trata de dar consuelo a su hijo, sin saber exactamente que decir

–¡Mi papá va a matarme y será peor todavía!

–No, claro que no – le respondió, intentando calmarla – no tiene porqué ser así

–En cuanto le digas a mi papá donde estaba…

–No le diré – la interrumpió – cuando somos jóvenes todos cometemos errores, después de todo somos inexpertos y a veces ingenuos, y en ocasiones necesitamos cometer esos errores para aprender y ser mejores. Eso no significa que esto no haya sido algo grave, fuiste afortunada de que tu padre fuera un paranoico, no quisiera saber cómo pudo evolucionar todo esto si hubiera continuado. Tienes que alejarte de ese joven, no es bueno para ti

–Lo sé, nunca más lo volveré a ver – respondió con la mirada baja

–Pero más importante que eso – dijo mientras buscaba dentro de su saco – es que te cuides.

Lorenzo extendió a Dalia una pequeña tarjeta, la cual tomo confundida y la miro. Era una tarjeta de presentación de Lorenzo, pero a diferencia del resto, en la parte trasera tenía su teléfono celular anotado, el cual solo entregaba a clientes recurrentes y contactos de confianza. La chica volteo confundida, no entendía que trataba de decirle aquel hombre que hacía unos momentos parecía querer llamarle la atención como cualquier otro adulto hubiera hecho.

–Yo no soy tu padre, yo no puedo decirte que hacer o que no hacer, esa es tu decisión – dijo Lorenzo, mientras se acercaba a la casa de aquella chica – sin embargo, todos necesitamos algo de libertad cuando somos jóvenes, así que si planeas volver a aventurarte fuera… Cuídate, y llámame si tienes un problema grave

Si bien Lorenzo era un hombre de apariencia dura, y que no solía hablar o interactuar mucho con otros, era bastante comprensivo con los demás, y siempre intentaba ayudar más allá de lo que estaba obligado a hacer. Por ello había sido tan querido y odiado durante su tiempo como Ministerio Público, y ahora que no era más que un abogado independiente, no perdía esa vieja costumbre de extender la mano a quien viera necesitado. Dalia acepto la pequeña muestra de amistad que le fue ofrecida, y cuidadosamente guardo la tarjeta en su bolsillo, justo cuando el auto estacionaba frente a su casa, siendo sorprendida por su padre que estaba bajando de su auto en ese mismo momento.

–¿Dalia? ¿Qué estás haciendo aquí? – pregunto con sorpresa su padre

–Papá, yo… – trato de explicarse mientras bajaba rápidamente del auto

–Estaba con una amiga a unas cuadras – respondió rápidamente Lorenzo, rescatándola del desastre – vinieron por ella junto con sus padres, y como no quise armar un escándalo frente a sus vecinos, espere a que saliera un segundo para hacerla venir a casa.

Aquel hombre era de mantener apariencias, y no le gustaba que sus vecinos notaran situaciones incomodas y personales, por lo que aquella pequeña excusa resulto perfecta para calmarle y evitar un tremendo reclamo a ambos. A su hija por extraviarse, y a su abogado por no llamarle.

–¿Por qué tienes los ojos hinchados? – pregunto el padre a su hija

–Lloro bastante de camino acá – respondió nuevamente Lorenzo – temía que fuera a decir usted, y como la castigaría, pero trate de calmarla diciéndole lo comprensivo que era usted. Son jóvenes, estas cosas pasan, y seguramente esto sería suficiente escarmiento.

Para sorpresa de la chica, la reacción de su padre se alejó bastante de lo usual. Puede que la intervención de Lorenzo haya sido la causa, o bien era cierto, y su padre era más comprensivo de lo que parecía. Pero antes que enfurecer, él se acercó y la abrazo para reconfortarla.

–Mi linda niña, no estoy para nada molesto, tan solo me preocupo por ti – le dijo mientras le daba algunas palmadas suaves en la espalda

–Perdóname, papá – dijo sollozando, aquel abrazo fue demasiado, y siendo que se encontraba tan sensible no pudo evitar llorar más – no volveré a hacerlo

–Tranquila, he sido muy duro últimamente, seguro te hecho sentir asfixiada – suspiro levemente – es solo que me preocupa lo que pueda pasarte, prometo que eso cambiara

Lorenzo se despidió para permitir que padre e hija se reconciliaran sin ser molestados por su presencia. Las cosas habían salido bastante bien a pesar de todo, y logro incluso más de lo que se había propuesto. Dalia evito lo que comenzaba a tornarse en una relación toxica y posesiva, y su padre parecía entender un poco más su sentir. Pero, sobre todo, contaba con un misterioso amigo con el que podía contar cuando las cosas salieran mal.


[1] Crown Victoria: Auto sedán de la marca Ford.

[2] Mustang: Auto deportivo de la marca Ford.

[3] Si bien, en México la mayoría de edad se considera hasta los 18 años, y la edad de consentimiento está fijada (según el estado) entre los 17 y los 18, son comunes las relaciones sentimentales entre chicas jóvenes entre 15 y 16 años con jóvenes mayores. Por cuestiones culturales, no es común que a esto se le considere pederastia, o se denuncie el estupro. Lo anterior, salvo casos contados.

[4] Toyota Corola: Popular auto compacto de la marca japonesa Toyota, siendo el auto más vendido de la historia.

[5] Capisci: Del italiano ‘capire’, que significa “entender”. La traducción literal del texto sería “¿entendiste?”.

Imperator
Imperator

Abogado, escritor aficionado, administrador y fundador de Verum Lux.

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